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Numancia resiste

envíado por arevacos | 16 Marzo 2006 | 1 comentario

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Numancia resiste

Hasta que, en el siglo III a.C, las legiones romanas desembarcaron en Ampurias y civilizaron a nuestros antepasados, lo que hoy es España era un conjunto de tribus mal avenidas entre si. Pero no todas eran hordas de bárbaros iletrados; la cosa iba por barrios.

Los del norte provenían del tronco celta y, efectivamente, eran muy primitivos y harto montaraces en la guerra. Los del sur y Levante eran más refinados, conocían la escritura y eran consumados artistas. En el centro de la península, con el correr de los siglos, ambos pueblos se habían mezclado, dando lugar a los celtíberos, que ni eran tan burros como sus parientes celtas ni tan exquisitos como sus primos de la costa mediterránea.

Mediado el siglo II, los íberos habían llegado a la sabia conclusión de que no tenía demasiado sentido resistirse a Roma, y abrazaron con entusiasmo la cultura y costumbres de sus nuevos amos. Los del interior, sin embargo, no eran tan dóciles. En la Lusitania, un carismático caudillo llamado Viriato se levantó contra los romanos y les derrotó varias veces.

Pero lo que a Roma le faltaba de arrojo lo tenía de astucia, así que, con el objetivo de liquidar a Viriato, el cónsul Cepión se conchabó con tres de los suyos para que le asesinasen mientras dormía. Éstos consumaron la traición, y cuando volvieron al campamento romano a reclamar la recompensa Cepión les respondió con desdén: "Roma no paga traidores". Los tres desdichados se llamaban Audas, Ditalkon y Minuros. Fueron los primeros traidores de nuestra historia. Luego vendrían muchos más.

Sin Viriato, Lusitania, que ocupaba, más o menos, lo que hoy es Portugal y el valle del Guadiana, cayó en las redes de Roma. Muchos de sus habitantes huyeron hacia el norte, con la esperanza de que sus hermanos resistiesen la embestida. Algunas ciudades, huérfanas de la figura de Viriato, se rindieron, otras aguantaron algún tiempo; una, Numancia, la más valiente y testaruda, se negó en redondo a aceptar cambalache alguno con los enviados del cónsul.

Numancia, capital de la tribu de los arévacos, estaba situada en el alto Duero, elevada sobre un promontorio y rodeada de fértiles campos de labor, donde ya por entonces se cultivaba trigo. El emplazamiento era inmejorable, tanto por las privilegiadas vistas que tenían los numantinos sobre el valle como por su lugar estratégico, entre la meseta y las populosas tierras del Ebro.

Antes de liarla, los sutiles romanos intentaron llegar a un acuerdo amistoso con el consejo que mandaba en Numancia. Pero no hubo manera: cada vez que un romano se acercaba por las inmediaciones, los habitantes de Numancia salían como fieras a defender lo suyo.

Tal comportamiento impulsó al Senado a enviar al general Fulvio Nobilior a tomar la ciudad por las malas. Remontó el Ebro con un gran ejército y le puso sitio. Iba pertrechado de lo mejor que ofrecía la industria de la guerra en aquel entonces, incluido un regimiento de elefantes africanos, que venían a ser los vehículos acorazados de la Antigüedad. Los elefantes serían, sin embargo, su ruina. Los numantinos, sin amilanarse por el impresionante porte de los proboscidios, soltaron una manada de toros bravos con antorchas en los cuernos. Los elefantes, asustados, se volvieron hacia sus propias filas y causaron tal revuelo que el disciplinado ejército de Nobilior se vino abajo. Entonces, por sorpresa, los numantinos atacaron, infligiendo una humillante derrota a sus adversarios. Nobilior se retiró con la cabeza gacha.

El cónsul Marcelo se avino a una paz inestable, que no tardó en romperse. Roma envió entonces a otro general de renombre, Mancino. Nueva campaña y nueva derrota. La de Mancino fue tan bochornosa que los numantinos, una vez se hicieron con la victoria, persiguieron a sus tropas hasta el río Ebro. Ya que no había por dónde hincarle el diente, todo lo que los romanos podían hacer era mantener a la ciudad vigilada de cerca, para que no se extendiese el ejemplo entre los vecinos. Destacaron junto a Numancia un regimiento, para que, sin exponerse demasiado, mantuviesen a raya a los rebeldes.

El pueblo romano, acostumbrado a aplastantes victorias por todo el mundo conocido, no podía consentir que una tribu de analfabetos que se acababan de bajar del árbol deshonrase de ese modo a sus legiones. Por lo que los senadores se tomaron lo de Numancia como algo personal. Llamaron al mejor general que tenía la República, Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago, para que condujese un gran ejército hasta los confines de Hispania y sometiera de una vez a los levantiscos indígenas.

Escipión Emiliano se lo tomó en serio. Sabía que para ganar la guerra era condición indispensable contar con un número de efectivos mayor que el enemigo, como mínimo el doble. Los numantinos estaban especialmente motivados defendiendo su tierra y su libertad, por lo que cada guerrero celtíbero valía por tres legionarios. Si Numancia tenía unos 10.000 habitantes, con 30.000 soldados hubiera bastado; pero no: Emiliano reclutó 60.000, y los condujo hasta el alto Duero, adonde llegó en el otoño del 134 a.C. Sobre el papel, la ciudad llevaba sitiada casi diez años, pero el cónsul comprobó in situ que era un asedio de opereta.

A los romanos les había pasado en Numancia lo que a todos los que han invadido España desde tiempos remotos: se habían aburguesado y llevaban una vida regalada. Muchos legionarios estaban casados con mujeres indígenas, y convivían en familia dentro de los campamentos, donde los niños jugaban despreocupadamente entre los soldados y la maquinaria de guerra. Otros cambiaban con frecuencia de concubina o se solazaban con prostitutas. Bebían vino, organizaban barbacoas y trapicheaban con los celtíberos. Un desastre tal que la propia ciudad sitiada ni se había enterado de que lo estaba. Los numantinos comerciaban alegremente con el exterior, y sus hijos crecían lustrosos.

Al llegar el nuevo ejército, los centuriones, con idea de homenajearle, ofrecieron a Emiliano una joven celtíbera que habían raptado de una aldea. El enviado de Roma se negó, tomó a la joven y la devolvió a su pueblo, gesto que le valió el juramento de fidelidad de sus habitantes. Listos que eran los romanos.

Como Emiliano no había ido hasta tan lejos para perder su preciado tiempo, dispuso que se vaciasen los campamentos de mujeres y niños, y que las tiendas volviesen a tener un aspecto castrense. Hizo vender las cuberterías y el mobiliario con que los militares las habían decorado e impuso que todos, incluido él, durmiesen en un catre de paja y comiesen en un humilde plato de cobre.

Era sólo el principio. Desechó desde el primer momento un ataque frontal y mandó construir una fortificación de 10 kilómetros, formada por una empalizada y una muralla de tres metros de altura. Sobre el muro se construyeron 300 torres de vigilancia, una cada 33 metros, custodiadas día y noche por guardias que, si se quedaban dormidos, eran ejecutados en el acto. Para evitar que llegasen refuerzos o provisiones por el Duero, mandó levantar dos torreones, de los que colgaba una gruesa cadena que impedía la navegación.

Emiliano confió en que, viéndose aislados y abocados a la perdición, los numantinos depusiesen las armas y se entregasen; pero no fue así: decidieron resistir hasta el final. La estrategia era rendir a la ciudad rebelde por hambre. Una vez se les acabasen las reservas, los numantinos tendrían a la fuerza que abrir las puertas y rendirse.

Entonces sucedió lo inesperado: atacaron. Organizaron pequeños grupos que, al abrigo de la noche, se infiltraban en los campamentos romanos para robar comida. Sonado fue el asalto al campamento de Yugurta, el rey númida que Emiliano se había traído de �frica equipado con elefantes. Los asaltantes mataron a los vigilantes y se llevaron puestos dos elefantes, que terminaron en la parrilla. Emiliano, harto de la incapacidad manifiesta de su aliado, le ordenó que se replegase a la retaguardia, lo que el africano tomó de tan mal grado que se retiró a su Túnez natal. Desde allí, un año después, le declararía la guerra a los romanos; y perdería, claro.

Emiliano estrechó el cerco. Situó hábiles arqueros entre la empalizada y la ciudad, para neutralizar a los grupúsculos que salían en busca de comida. Puso arqueros porque tenía un miedo cerval a enfrentarse cuerpo a cuerpo con los numantinos. Sírvanos esto para hacernos una idea de lo animales que eran estos celtíberos en el mano a mano. Cegó los pozos y viajes de agua que llegaban hasta la ciudad, para sumar al hambre la condena de la sed.

Esa fue la puntilla. Los habitantes empezaron a caer como chinches, especialmente los ancianos y los niños. Emiliano esperaba que, en cuanto empezasen a morir los sitiados, grandes columnas de humo se elevarían sobre los muros de Numancia, porque los celtíberos incineraban a sus muertos. Esta sería la señal para saltar sobre la ciudad y tomarla.

Sin embargo, no fue así: los desesperados habitantes de Numancia empezaron a comerse los cadáveres. Los que estaban enfermos o se encontraban débiles para la lucha se suicidaban para servir de alimento a los que quedaban en pie. Sólo respetaban a los recién nacidos: procuraban que siempre hubiera una mujer que los amamantase. Era el último grito de libertad de un pueblo condenado a la derrota.

En el octavo mes de asedio los exhaustos numantinos solicitaron una rendición honorable. Se la merecían. Pero Emiliano fue inflexible. O la rendición o la muerte. Numancia escogió la muerte. Los pocos que quedaban salían en hordas para enfrentarse a una muerte segura frente a los romanos. Era el último zarpazo del orgulloso pueblo celtíbero en las tierras de Hispania. Cuando el último guerrero numantino murió, a las puertas de Numancia, se hizo el silencio.

Pasó un día, dos, de la primavera del año 133 a.C, y Escipión Emiliano dio orden a sus tropas de avanzar sobre la ciudad. Él mismo, en persona, fue el primero en franquear la puerta principal. Todo lo que encontró fue muerte. Numancia había resistido hasta el último suspiro del último de sus habitantes. Tal y como había hecho con Cartago unos años antes, mandó incendiar la ciudad hasta que quedase reducida a cenizas, para que su memoria fuese borrada en las siguientes generaciones.

Esto fue lo único que no consiguió Emiliano. El fin de Numancia marcó el nacimiento de un mito que ha atravesado nuestra historia con singular fuerza; tanta, que "numantino" ha pasado, en español, a ser sinónimo de resistencia.

Tras este episodio vendrían seis siglos de productiva colonización romana, a la que debemos tres de nuestras cuatro lenguas, el derecho, las vías de comunicación, el cristianismo y tantas otras cosas que pusieron los cimientos de lo que hemos terminado siendo. De manera que, más que hijos de Numancia, somos hijos de Roma. Hijos, eso sí, dados a resistir de forma numantina. Lo llevamos en el carácter.



Castilla comunera

envíado por arevacos | 16 Marzo 2006 | 2 comentarios

PASAJES DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

Castilla comunera

Una de las mayores calamidades de nuestra historia es haber padecido durante casi trescientos años a la dinastía de los Habsburgo, más conocida como la de los Austrias. Nefasta, se llame como se llame. El drama comenzó en 1516, cuando Fernando el Católico dio el último suspiro en Madrigalejo, un pueblecito extremeño del que, a diferencia de Yuste, nunca se acuerda nadie.

Las dos coronas, la de Castilla y la de Aragón, habían quedado unidas por arriba, por lo que la heredera de los reinos era Juana de Trastámara. Pero su perturbado ánimo le impedía recibir la herencia, y languidecía encerrada en Tordesillas como una de esas princesas de los cuentos, abandonada por todos.

Muy lejos de allí, en Bruselas, vivía su hijo Carlos, un crío de 16 años a quien la reina apenas conocía. El niño había crecido en Holanda, y era esa lengua, el holandés, la única que manejaba con soltura. Y no demasiado, porque Carlos inauguró una tara genética que duraría varios siglos en la Monarquía española, llegando a constituir una de sus señas de identidad: el prognatismo. El príncipe no podía, literalmente, cerrar la boca, porque las mandíbulas no le encajaban. Cuando se hizo mayor se dejó barba para disimular el defecto, pero ese gen travieso del prognatismo lo legó a sus sucesores, de ahí que entre los reyes de España haya tanto belfo caído y tanta cara de tonto.

Por derecho, le correspondían los reinos de sus abuelos españoles, pero no para heredarlos de inmediato, sino para cuando su madre muriese, pues era Juana, por muy loca que estuviera, la verdadera propietaria de los mismos. Los cortesanos flamencos no estaban, sin embargo, por la labor de esperar, así que desoyeron las súplicas del regente Cisneros y proclamaron rey al chaval dos meses después de la muerte de Fernando.

Fue un golpe de estado, el primero de la España moderna. Cisneros se tragó el sapo y apremió al joven monarca a venir a España para ceñirse la corona y prestar juramento, ante las Cortes de Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia y Navarra; aquí, de juramentos siempre hemos andado muy sobrados, aunque luego no se cumplan.

Un año y medio después, el rey desembarcó en Asturias, en la ría de Villaviciosa, tras un tormentoso viaje que había alejado a la flota del puerto de Santander, al que en un principio se dirigían los bravos marinos vizcaínos que habían ido a recogerle a Flandes. No perdió el tiempo. Fue a ver a su madre a Tordesillas, en una visita relámpago; cumplido el trámite, condujo su numeroso séquito a Valladolid, donde se habían convocado las Cortes en las que habría de jurar como rey.

Aquí comenzó a torcerse todo. Al imberbe Carlos le acompañaba una camarilla de nobles flamencos que no se habían visto en una igual en su vida. El rey, que no sabía ni palabra de castellano, sólo se podía entender con ellos, por lo que les dejó hacer a su antojo.

Eso sentó a cuerno quemado entre los castellanos. En pocos meses, los principales hombres del reino habían sido postergados por el corrillo privado del rey. Un tal Marliano de Chièvres, de inconfundibles reminiscencias francesas, se convirtió en el amo de Castilla. Tenía la cara tan dura este Chièvres que llegó a proponer a su sobrino como arzobispo de Toledo, nada anormal si no fuese porque el sobrino era un niñato de 20 años que ni siquiera sabía dónde estaba Toledo.

El maniobrero Chièvres logró que el presidente de las Cortes fuese otro de los consejeros del rey, Jean de Sauvage, y envió a Fernando, hermano de Carlos, nacido en Alcalá y criado en España, a Bruselas, para alejar la tentación de que los castellanos escogiesen como monarca a otro Habsburgo más casero. Eso fue el colmo. Muchos de los representantes pusieron el grito en el cielo, pero no sirvió de mucho. Carlos sacó 600.000 ducados a las Cortes y puso rumbo a Zaragoza.

En Aragón, más de lo mismo. La camarilla real enredó todo lo que pudo, y los aragoneses aflojaron la bolsa: 200.000 ducados del ala, los justos para que el rey prosiguiese camino a Barcelona. Los catalanes, haciendo honor a su fama de gente sensata que no se deja engatusar por farsantes como Chièvres, alargaron la cuestión del dinero durante un año. Entonces, en pleno tira y afloja en la Ciudad Condal, llegó la noticia que habría de desencadenar todo el lío. Los electores alemanes habían decidido que Carlos era digno de suceder en el trono del Imperio a su abuelo Maximiliano.

Pero la elección no era gratis: los electores eran una recua de príncipes corruptos, y hacían un pingüe negocio con la designación del Emperador. Carlos necesitaba dinero, mucho dinero; más de lo que, a regañadientes, le habían dado las Cortes en España. En Castilla, que era de lejos el reino más rico de cuantos había heredado el afortunado joven, lo vieron venir. Carlos cabalgó hasta Santiago de Compostela, y allí reunió deprisa y corriendo, en marzo de 1520, las Cortes castellanas. Asistido por los valiosos oficios del obispo Mota, obtuvo un servicio (así es como se llamaban este tipo de atracos) de 220 millones de maravedíes. Todo por el Imperio, aunque, la verdad, a los españoles de entonces ni les iba ni les venía; bueno, les venía, pero mal.

El malestar se extendió por toda Castilla. Unos frailes de Salamanca redactaron una carta en la que exponían las razones para oponerse al servicio. Pedían al rey que no viajase a Alemania y que abandonase la costumbre de dárselo todo a los extranjeros que le acompañaban noche y día. Lo decían por Chièvres, no me cabe duda. Fueron estos frailes los que acuñaron el término "Comunidad". Hicieron uso de esa palabra para amenazar veladamente al monarca: si se salía con la suya, obligación de la Comunidad era oponerse y actuar en consecuencia.

El rey, encaramelado con el Imperio, se embarcó en La Coruña y dejó a Adriano de Utrecht a cargo de sus posesiones hispánicas. La mecha de la insurrección prendió con fuerza. La primera ciudad en alzarse fue Toledo. Capitaneados por Juan de Padilla, los toledanos expulsaron al corregidor real y se declararon en rebeldía. Los ecos de la revuelta saltaron las cumbres de Guadarrama y Segovia se levantó en armas unos días después. Aquí corrió la sangre. El corregidor y dos de los representantes de la ciudad en Cortes fueron linchados por la multitud; uno de ellos murió estrangulado en plena calle. La ciudad del Acueducto daría el líder comunero más legendario: Juan Bravo.

Los excesos de Segovia inspiraron al resto de ciudades, o de Comunidades, que ya venían a ser lo mismo. En pocas semanas toda Castilla estaba incendiada: Zamora puso sus procuradores frente a un tribunal, Guadalajara expulsó a sus magistrados municipales y la muchedumbre arrasó sus casas; Burgos depuso al corregidor y se cebó con uno de los cortesanos que se había traído el rey de Bruselas, Jofré de Cotannes, un francés engreído que había llamado "marranos" a los burgaleses: fue apaleado hasta la muerte y colgado por los pies.

En apenas dos meses, Carlos había perdido por las malas casi todo lo que no supo mantener por las buenas. Informado de la rebelión castellana, ordenó a su lugarteniente Adriano de Utrecht que tomase las medidas pertinentes. Adriano pensó que lo mejor sería dar un castigo ejemplar a Segovia, para que el resto de conjurados lo pensasen dos veces antes de seguir incordiando. Ese movimiento habría que combinarlo con el control de Tordesillas, ciudad en la que vivía la reina. La lógica impulsaba a creer que lo primero que harían los comuneros sería ofrecer el trono a Juana, y así fue.

La comunidad de Toledo, comandada por Padilla, sabía que la cosa se iba a terminar de cocer en Castilla la Vieja, así que reclutó una milicia y se dirigió a Tordesillas. La única opción que le quedaba a Adriano era frenar al ejército toledano, que se había reforzado con la milicia de Madrid; sí, de la villa de Madrid, que no era, como dicen ahora algunos, una insignificante aldeúcha, sino una ciudad con voto en Cortes.

El problema es que la artillería se encontraba en Medina del Campo. Envió al general Fonseca a recogerla, pero los medinenses se negaron, lo que ocasionó que los soldados de Fonseca metiesen fuego a la ciudad. La preciada artillería, eso sí, se quedó donde estaba.

El saco de Medina extendió la rebelión por todo el valle del Duero, y sus ecos resonaron a lo largo y ancho de Castilla. A mediados del verano, los insurrectos formaron la Santa Junta de las Comunidades en �vila, que se erigió como legítima representante de Castilla. La Junta decidió trasladarse a Tordesillas, y una delegación, compuesta por Juan de Padilla, Juan Bravo y el salmantino Francisco de Maldonado, se entrevistó con la reina. Juana, que no había dicho esta boca es mía hasta ese momento, les respondió: "Avisadme de todo y castigad a los malos, que en verdad os tengo mucha obligación". Los malos eran los flamencos, se entiende.

Eso era mucho más de lo que el regente estaba dispuesto a soportar. Adriano, que era extremadamente hábil –por algo llegó a ser Papa–, cambió su estrategia. En lugar de enfrentarse a tumba abierta con todo el reino, guerra que tenía perdida de antemano, optó por dividirlo. Se atrajo a los aristócratas y a ciertos comerciantes de la lana, y procuró arrimar a su causa alguna ciudad. Pero para esto el monarca tenía que hacer concesiones. Aceptó alguna de las demandas comuneras y nombró dos nobles castellanos para ejercer de virreyes, junto a Adriano.

Sirvió de revulsivo inmediato: Burgos, cabeza de Castilla, y la nobleza, que se había mantenido indecisa, se desvincularon de la Junta. Había sido una estratagema perfecta, digna de un cardenal.

La suerte estaba echada. Sólo era necesario reconquistar Tordesillas, para alejar a la reina de los generales comuneros, y garantizarse el apoyo de Andalucía, cuyas ciudades no habían tomado partido ni por unos ni por otros. Lo primero acaeció en diciembre: la deserción de Burgos y una pésima maniobra de las tropas comuneras, capitaneadas por Pedro de Girón, pusieron la ciudad en bandeja a los realistas; lo segundo, dos meses después: las ciudades andaluzas hicieron público su compromiso de lealtad con el rey Carlos. La cosa se iba poniendo muy fea.

Los comuneros que habían salido con vida de Tordesillas escaparon a Valladolid. La causa, sin embargo, iba perdiendo adeptos. En la ciudad del Pisuerga sólo se dieron cita los procuradores de once ciudades: Toledo, León, Salamanca, Madrid, Toro, Segovia, Cuenca, �vila, Valladolid, Zamora y la lejana Murcia, que se había apuntado a la verbena. En el otro lado las cosas tampoco pintaban muy bien: los vencedores de Tordesillas, que eran señores feudales, no querían provocar demasiado a los comuneros, para evitar que se lanzasen como locos al saqueo de sus feudos.

Durante semanas se dedicaron a observarse y mantener lo ganado. Hasta que volvió Padilla de Toledo. El general no entendía otro lenguaje que el del combate. Rearmó moralmente a los rebeldes y tomó al asalto la imponente fortaleza de Torrelobatón.

Los nobles, por su parte, que habían eludido la lucha, contemplaron atónitos cómo los comuneros se entregaban a una orgía de destrucción de sus propiedades. El movimiento comunero se había mutado en una revuelta antiseñorial, algo bastante habitual en aquella época: revueltas que terminaban siempre como el rosario de la aurora.

Al final, y a pesar de que la guerra tenía en vilo a todo el reino, la suerte de los comuneros se iba a ventilar en el corazón de Castilla, en Villalar. Los realistas reunieron dos ejércitos, el de Burgos y el de Tordesillas, y se lanzaron contra Torrelobatón. Padilla abandonó el castillo para refugiarse en Toro, pero no le dio tiempo a llegar.

El 23 de abril los realistas les alcanzaron junto a Villalar. Fue una derrota sin contemplaciones. A las pocas horas, bajo una inclemente lluvia, el conde de Haro proclamaba la victoria sobre un campo sembrado de miles de cadáveres.

Los cabecillas que habían sobrevivido fueron apresados y ejecutados de manera sumaria, al día siguiente, en la plaza del pueblo. Juan Bravo pidió morir primero para no ver la muerte de su admirado Padilla, que, mirándole a los ojos, le contestó: "Señor Bravo, ayer era día de pelear como caballero. Hoy es día de morir como cristiano".

Muchos creen, o eso les han hecho creer, que la rebelión comunera terminó en Villalar. Nada de eso. Las ciudades del valle del Tajo, especialmente Toledo, Madrid y Alcalá de Henares, siguieron enseñando los dientes una temporada. Adriano, al ver que no sólo no se rendían sino que intensificaban la resistencia, envió un ejército para devolverles el juicio.

Madrid y Alcalá fueron tomadas en mayo, pero Toledo era otro cantar. Encaramada sobre una privilegiada fortaleza natural, valiéndose del río como impenetrable foso, la ciudad arzobispal resistió todo el verano y parte del otoño. A su frente se situó una mujer, la viuda de Padilla, María Pacheco, una de esas españolas de rompe y rasga cuya tenacidad le valió el sobrenombre de Leona de Castilla. La ciudad terminó por rendirse, Pacheco hubo de emigrar a Portugal y Castilla quedó definitivamente pacificada.

A principios de 1522, casi al tiempo en que los canónigos de la catedral de Toledo realizaban una inscripción en el claustro para dar fe del final de la guerra, Adriano de Utrecht era elevado al solio pontificio como Adriano VI. Se lo había ganado a pulso. Ese mismo verano, el rey Carlos volvía a España, belfo en ristre, convertido en el monarca más poderoso del planeta. La España imperial daba sus primeros pasos en la historia. La experiencia nos dejaría baldados.



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