EL PLACER DE LEER
envíado por lamaga | 4 Enero 2008 | 2 comentarios
El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo «amar»..., el verbo «soñar»...
Con esta excelente frase empieza Daniel Pennac "Como una novela". Ensayo brillante en que el escritor francés, nacido en Marruecos, nos invita a recuperar el acto de leer como un placer, huyendo de los tópicos e ideas comunes que suelen rodear todo lo relacionado con la enseñanza y la animación a la lectura. Un texto ágil y delicioso que me ha hecho revivir y recrear, momentos felices con los libros.
Pennac nos regala argumentos que a mí me han resultado convincentes. ¿Qué pensaríais si alguien os dijese que no tiene tiempo de enamorarse? Totalmente absurdo, por supuesto. Sus párrafos me trasladaron a momentos de arrobamiento donde he perdido la noción del tiempo y del espacio, por ejemplo, cuando acompañé a Raskolnikov en los eternos instantes precedentes a su crimen, o a Ana Ozores en sus zozobras y angustias de amor.
Estudiosos de todos los tiempos buscan las formas para animar a los niños a leer. El planteamiento de Pennac parece sencillo, y algo debe saber él de todo esto, pues se dedica a la enseñanza. Afirma que el niño cuenta con una curiosidad innata que le lleva a conocer, quizá únicamente está en nosotros, el no obstaculizar ese ímpetu. Me faltan datos para saber si siempre es así, pero los recuerdos rescatados de mi experiencia personal, me llevaron a comprender que esto es bastante real.
Me acordé cuando mi hijo empezaba a conocer las letras, el entusiasmo con el que intentaba entender cualquier cartel que encontraba por la calle. Ignoro, desgraciadamente, como pocos años después, nos vimos todos involucrados, en el martirio de conseguir que rellenase cuadernillos y cuadernillos de letras repetidas para mejorar una depauperada caligrafía. Pero intuyo que esto algo tuvo que ver, para que en una tarde de verano, para poner sólo un ejemplo, y a pesar de estar amenazado con no poder sacar la bicicleta para la excursión con los amigos, si no acababa los deberes programados, lo encontrásemos una hora después de haberlo dejado solo, dedicado a cazar moscas con un salero, mientras las páginas permanecían en su estado inicial.
También es cierto que desconozco, como posteriormente, recuperó el gusto por la lectura, e incluso la afición por escribir, y bastante bien, por lo que me sorprendió descubrir la fuerza y la sensibilidad en los post de su Blog: http://more-faith.blogspot.com/ Creo que no es amor de madre.
Daniel Pennacchioni, echando mano de la lógica, sugiere a los enseñantes, que si tienen alumnos que rechazan leer, una solución es que les lean ellos en voz alta. Es posible que así se lleguen a interesar por las historias y esta experiencia cambie su actitud. Cuando me encontré con esto, recordé con gusto cuentos e historias que escuché en discos cuando tenía 5 o 6 años, reviví las horas transcurridas, unos cuantos años después, con compañeras de colegio, en la sobremesa nocturna, alrededor de una persona que nos leía "Los Gozos y las sombras", o de un aparato que reproducía la grabación de "El mundo es ancho y ajeno" o "Señor Presidente".
La idea de libertad es la que está en la base de los planteamientos de esta obrita. Resulta absurdo que en un acto de disfrute como es el leer, nos consideremos a veces con la obligación de leer a Galdós o a Borges, o nos avergoncemos por no haber leído, el Ulises, que todo el mundo dice que es tan imprescindible. Un par de veces, absurdamente, he intentado trasegar Memorias de Adriano, sin conseguirlo, sólo porque un buen amigo con el que compartía muchas ideas, me dijo que él lo tenía como obra de cabecera y que seguro me iba a encantar.
Por eso es por lo que me ha parecido estupendo, que Penac formule los diez derechos del lector. Me parece una forma sana y rica para librarnos de prejuicios, consiguiendo que cada cual lea lo que quiera y como le dé la gana. Atendiendo al primero de ellos, el derecho a no leer, os los traigo aquí, para que los conozcáis y os podáis aprovechar de ellos, si es que no os apetece afrontar ahora la lectura de éste libro.
Si yo hubiese ejercido el segundo, hace unos meses, el derecho a saltarse las páginas, seguramente hubiese acabado Anna Karenina, pues mientras me encantaba la historia de amor de la protagonista, las disquisiciones de Levin sobre la agricultura rusa me hicieron abandonar cuando había sobrepasado ya la mitad de la obra.
Para mí fue tal liberación el no acabar un libro, que la vez que me decidí a hacerlo por primera vez, porque Sotileza de Pereda me resultaba insoportable, la sensación de alivio me hizo no olvidar ese importantísimo momento.
El derecho a releer es interesante para volver a degustar obras inolvidables. Hace unos años lo ejercí, por curiosidad, con La Vida Sale al Encuentro, novela que me causó una gran conmoción en el principio de mi adolescencia, y me quedé espantada con los valores que aquel texto pudo incorporar a mi formación personal.
Sí, tenemos el derecho a leer cualquier cosa. Confieso que disfruté y me emocioné con novelas de Corín Tellado y me leí el Código da Vinci en cuatro días.
El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual). Durante los días que estuve leyendo el Corazón Helado, y mucho tiempo después, envidié a los protagonistas y habría dado bastantes cosas importantes para vivir una historia de amor como la de ellos.
El derecho a leer en cualquier lugar. Con el uso de los MP3 las posibilidades son infinitas.
El derecho a hojear. Permitidme la licencia de copiar aquí dos comienzos y un final de tres libros que me gustan especialmente, porque su lectura me evoca ambientes o emociones particulares.
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.
“¿Encontraría a la maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”.
“Éste es para mí, el más bello y más triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para mostrároslo bien. Aquí fue donde el principito apareció en la Tierra, y luego desapareció. Mirad atentamente este paisaje a fin de estar seguros de que habréis de reconocerlo, si viajáis un día por el África, en el desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis; esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es.- ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme enseguida, decidme que el principito ha vuelto...”.
Sobre el noveno, el derecho a leer en voz alta lo he ejercitado poco, por lo que nada puedo añadir, En cuanto al décimo, el derecho a callarnos me ha parecido tan bonito, que lo transcribo tal como lo desarrolla el autor:
“El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Vive en grupo porque es gregario, pero lee porque se sabe solo. Esta lectura es para él una compañía que no ocupa el lugar de ninguna otra pero que ninguna otra compañía podría sustituir. No le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino pero teje una apretada red de connivencias que expresan la paradójica dicha de vivir a la vez que iluminan la absurdidad trágica de la vida. De manera que nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y nadie tiene poderes para pedirnos cuentas sobre esa intimidad. Los escasos adultos que me han dado de leer se han borrado siempre delante de los libros y se han cuidado mucho de preguntarme qué había entendido en ellos. A ésos, evidentemente, hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, yo les dedico estas páginas”.
2 comentarios - Escribe aquí tu comentario
- lo dijo jararroja el 21 Enero 2008 | 11:53 PM
excelente comentario de un libro emocionante y honesto, que me ha hecho vibrar con cada una de sus frases. Y tú, como siempre, regalándonos tu lectura encarnada y sensible, que aporta al libro que cae en tus manos un inapreciable valor añadido. Me ha impresionado mucho recordar contigo las vivencias de aquellas lecturas compartidas que nos permitieron dar color y calor a aquel periodo de nuestra vida en que todo eran comienzos y vida por delante, vida que, desde entonces, quedó indisolublemente ligada a la lectura. ¡nos vemos en el próximo libro!
- lo dijo Javier el 8 Marzo 2008 | 12:57 PM
Increíble capacidad la de leer y poder transportarse. Leer un párrafo, tan solo un párrafo, de Rayuela y notar que es el mismo que uno eligió para siempre, lo hace a un emocionarse. Ese impulso que uno es incapaz de dominar en ciertas situaciones. Gracias por transcribirlo, es lo que demuestra que leer es un placer.