SU VOZ
envíado por lamaga | 22 Agosto 2008 | 1 comentario
Acabó de bajar los cuatro escalones enmoquetados que la separaban de la calle. Cuando pisó la acera por fin, se paró y respiró hondo, después echó a andar deprisa, como si huyese de ese lugar donde le habían dado aquella noticia totalmente inesperada. Desde hacía muchos años cuando tenía que ir al médico, estaba los días anteriores en un estado de nerviosismo enorme, la ansiedad le corroía las tripas, pero el alivio que sentía después, los temores irracionales nunca se habían cumplido, la resarcía de tanta inquietud. Sin embargo, esta vez todo había sido distinto, y después de jugar tantas veces a ponerse en lo peor, la coincidencia con la cruda realidad, la pilló por sorpresa.
La calle, inundada de sol, resultaba un puro ajetreo. Era la hora en que los niños salían del colegio, apresuraban el paso bajo el peso de sus mochilas anticipando la merienda y los juegos. Pero además de las bocinas, los gritos y las risas, la ciudad estaba llena de voces. Eran voces de todo tipo, sonaban con distinta intensidad, con diferentes tonalidades y timbres variados. Un niño pasó arrasándola y chillaba como si pidiese auxilio. Un hombre venía de frente, se dirigía a una mujer que iba a su lado, pero le hablaba a un volumen como si lo hiciese por un altavoz. Pensó lo mucho que decían las voces de sus propietarios: había voces que acariciaban, otras que pretendían agredir, unas parecían suplicar y sin embargo otras perdonaban. ¿Y la suya? ¿qué decía su voz de lo que ella era y había sido?
Aunque la tarde era de las últimas del otoño, la luz, la temperatura y la algarabía anunciaban el verano. El calor repentino con el que se encontró, fue como una bofetada, el esfuerzo por aguantar las lágrimas lo incrementaba y la seguía atenazando cada vez más. Y de repente se sintió perdida, sola entre tanta gente, paralizada y pequeña.
Recordó que su madre le contó en variadas ocasiones que había tardado mucho en hablar, y tres o cuatro años después, todavía lo hacía de forma aturullada, sin separar las palabras, como si unas sílabas corriesen detrás de las otras, como si el nombre pisase al artículo, el verbo se trepase al sustantivo, y la subordinada arrasase a la principal sin ninguna contemplación, y todas las palabras salían malheridas de aquella batalla.
Después empezó con la música, recordó el aburrimiento de las clases de solfeo, y sobre todo las horas de estudio, en las que sentada frente al libro, repetía una y otra vez las lecciones, siguiendo el ritmo del compás con la mano, horas y horas, en tardes que se alargaban, y cada vez más, sobre todo cuando los exámenes del conservatorio se aproximaban. Entonces iba todas las tardes, al salir del colegio, a casa de sus abuelos, cuando acababa de merendar, la dejaban sola en aquella habitación donde casi todo era de madera, en la que había crujidos de todo tipo y un olor a humedad y viejo inundaba el ambiente. Pero los jueves por la tarde y los sábados por la mañana, iba a recibir clases, se vio en una escalera inmensa, esperando que saliese la alumna de la hora anterior, se quedaba de pie con el libro de solfeo en una mano y en la otra una bolsa donde llevaba el bocadillo de mantequilla con azúcar que tanto le gustaba.
Y después sí, recuerda su voz clara, cantando las lecciones y aquellas cancioncillas infantiles de letra tonta y música alegre. Hace unos años en una fiesta con unos amigos, empezó a cantar en solitario una canción, extrañamente, porque su timidez no le permitía hacer semejantes exhibiciones en público, y ellos se quedaron sorprendidos, la felicitaron, dijeron que esa era otra que no conocían, una persona brillante, esplendorosa y que se notaba que esa era su forma auténtica de expresión.
Pero a pesar de ello, siguió en la misma tesitura, y fue la adolescente confusa que tantos problemas le había causado. A pesar de todo cree que nunca había aprendido a hablar bien, a hacerse entender, siempre había tenido la impresión de que su pensamiento iba por delante, eran demasiadas palabras las que tenía que unir, por lo que algunas se salían de la fila y otras no les daba tiempo a llegar a su puesto. Ya de adulta había sufrido con esta dificultad suya, se hacía propósitos de hablar despacio, lentamente, intercalando pausas e imprimiendo seguridad en su tono, pero lo más que conseguía, era atascarse y quedarse con la mente en blanco.
Sólo en la intimidad alcanzaba un relax al hablar, entonces cuando menos lo esperaba, se hacía consciente del poder con el que manejaba su voz, le imprimía firmeza para expresar sus seguridades, suavidad para hacerla susurrante y demandar, ondulante para insinuar y quebradiza para transmitir lo que no se puede comunicar con palabras.
Se le fue haciendo un nudo en la garganta, como si un puñado de palabras estuviesen enredadas en sus cuerdas vocales y amenazasen con reventar su cuello, intentó disuadirlas, esparcirlas, conseguir que se desliasen para que ccada cual encontrase caminos por los que desfilar, pero su estómago se empezó a encoger, y ella no pudo atender a tanta demanda de atención, y se dejó estar, se dejó caer hasta apoyarse en la pared más próxima y rompió a llorar. La angustia la llevó a imaginar su realidad dos meses después, cuando tuviera que afrontar la pena por la pérdida, la de esa voz que la había acompañado durante tantos años y que había sido una de las formas de estar en contacto con los demás, de expresarles lo que ella era e incluso las esperanzas de lo que quería llegar a ser.
1 comentario - Escribe aquí tu comentario
- lo dijo Hester Prynne el 27 Agosto 2008 | 02:01 PM
¡Hola!
Te escribo para hacerte saber que he cambiado la dirección de mi blog, La Letra Escarlata.
Ahora estoy aquí:
http://la-letra-escarlata.blogspot.com/
Si tienes algún link, te agradecería mucho que lo cambiases.
Por mi parte, seguiré pasándome por aquí a menudo.
Espero verte pronto por La Letra Escarlata.
Un abrazo:
Hester Prynne