envíado por libros | 28 Diciembre 2007 | sin comentarios
Crónica de la presentación del libro de cuentos “Hasta luego, mister Salinger”, de Juan Carlos Méndez Guédez.
Joel Aguilar
Investigación: Berta Del Águila, Ana Delgado, Pedro Márquez de Sousa, Félix Navas, Maite Oteo y Rosana Zinni
Juan Carlos Méndez Guédez no miraba al público. En la mesa, inquieto, con la espalda recta, acariciaba su barbilla, reacomodaba el abrigo sobre su regazo y con sus dedos grandes tocaba repetidamente los bordes de una pirámide formada por tres libros: Sobre Arte y Literatura de Joseph Joubert, Las Obras Infames de Pancho Marambio de Bryce Echenique y otro de Nadine Gardiner. Ninguno fue consultado por Méndez Guédez durante la presentación de “Hasta luego, mister Salinger”.

A los lados del autor estaban Jorge Eduardo Benavides, escritor también, y Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma. Méndez Guédez se mostraba nervioso. Juan Casamayor, delgado y con abundante barba, lector voraz desde niño, hijo y esposo de editores, de pequeños pies cruzados bajo la silla y manos temblorosas pero con voz firme, habló de su amistad con el autor. Méndez Guédez rápidamente subía y bajaba su pierna izquierda sin despegar la punta del pie. Dirigía sus ojos levemente rasgados y pequeños a las estanterías 77 y 78, rellenas con libros de filosofía.
A Benavides, de ojeras, pelo y chaqueta grises, elegantemente vestido como un Paul Auster limeño, le tocó ser el que entrevistara al autor, -a manera de charla de amigos-. Méndez Guédez acomodó con facilidad la base del micrófono a la altura de su cara. Se irguió y dirigió la vista al techo por un momento. Sacudió la cabeza y volviendo la mirada a Benavides, saludó amablemente.
La puerta con el número 48 de La librería Fuentetaja, que da a la calle San Bernardo, estaba abierta al público y desde la primera planta Marisa, la librera que atendía el mostrador, podía escuchar lo que se decía en la presentación del libro. “Soy responsable de caja, este es mi cometido. Lo que ocurra arriba no es cosa mía. Vamos, que no me afecta”, dijo. Muy delgada, con el pelo teñido de rubio y caoba, se movía sin descanso en los dos metros de ancho por tres de largo que mide su espacio de trabajo. “Llevo 32 años trabajando para Fuentetaja”, comentó mientras sonaba el detector láser de precios. Detrás, una silla soportaba su abrigo perfectamente doblado. Al lado, su bolso, la papelera, la estufa y el rollo de papel de regalo colocados en torno a ella con equilibrio estético.
“El cuento tiene el placer de lo prohibido, es como quedar a tomar una copa con los amigos en vez de trabajar en un informe de algo”, dijo Méndez Guédez, mientras miraba por primera vez hacia el público. “Me siento más cómodo con el cuento que con la novela. Porque si has pillado bien la historia, te da la satisfacción inmediata”, sentenció al tiempo que regresaba la mirada a Benavides. Mientras hablaba, con la mano izquierda hacía una forma como de araña, que hacía caminar sobre la mesa. “El cuento es un fin en sí mismo”.
Sentada en la tercera fila entre el público, Aura Guédez con una blusa rosa de flores estampadas, movía constantemente las manos pero se veía tranquila. “Yo quería que fuese músico. Le apunté en el conservatorio, pero prefirió las letras. Ya con cinco años, escribía cuentos y leía mucho. Y, bueno, decidí apoyarle. Sabía que el trabajo de escritor no es nada fácil, está poco reconocido, pero eso le hacía feliz y yo debía estar ahí”, dijo.

La presentación transcurría. Méndez Guédez habló de su oficio de escritor y su proceso creativo: “Un cuento guardado para siempre no duele. Pero una novela guardada es una fuerte herida”. Con la mano izquierda medio extendida, trazaba grandes círculos al aire mientras explicaba: “Escribo de manera compulsiva”. Benavides citó una frase del libro: “Para entender la vida de dos personas, tienes que observar a tres”, el autor asintió sonriente.
Cuando Benavides mencionó Venezuela, la tierra natal de Méndez Guédez, y los 17 años que lleva viviendo en España, el autor explicó que “esa distancia y melancolía son productivas. Porque la literatura es una forma de mejorar la vida de los otros y la de uno mismo. Es el territorio intermedio del lenguaje”.
Benavides anunció una ronda de preguntas. Silencio. Un hombre rubio, casi calvo, de unos 40 años, que se identificó como amigo del escritor, tomó la palabra, “creo que este es el mejor libro de Juan Carlos, supone un salto cualitativo en su obra y en lo que se refiere a este tipo de obras, creo que es lo mejor que he tenido en mis manos en los últimos años”. Benavides cerró la sesión: “Este libro es una fiesta para los amantes de los cuentos”.
“Buenas noches”, se despidió Méndez Guédez, mientras se ponía el abrigo y levantaba de la silla con un solo movimiento. Una vez de pie, separó las piernas, metió las manos en los bolsillos de la gabardina donde guardaba su pluma y firmó el primer ejemplar.
envíado por libros | 28 Diciembre 2007 | sin comentarios
Charles M. Schulz dedicó toda su vida al desarrollo mental y emocional de unos niños que nunca crecieron en tantas décadas que existieron, que aparecían en nuestras casas en los diarios y en los suplementos dominicales. Peanuts, se llamó aún a costa del propio autor. Y en español lo conocimos como Snoopy y Carlitos, los nombres de dos de los personajes principales, aunque el verdadero protagonismo estuviera disuelto en tantos niños como personalidades tenían.
Y aquí radica el verdadero magisterio de Schulz: la complejidad de cada uno de los niños que vivían en ese barrio donde jugueteaba el perrito blanco de largas orejas. Ni siquiera en los primeros tiempos, aquellos 1950, dejaron de sorprender. Ni siquiera cuando la tira cómica ya cumplía la mayoría de edad.
Ahora se edita “la antología definitiva de la obra maestra” de Schulz. El tomo que ha sido lanzado para estas fechas, y que es, con seguridad, el mejor regalo para personas comprendidas en el rango de los 6 a los 80 años, es el que engloba las tiras diarias y dominicales (una serie más larga que los 4 frames del día a día) que se publicaron entre 1961 a 1962.
La editorial Planeta DeAgostini Cómics ya ha sacado a la calle los dos primeros tomos. Y se espera que la labor de completar la colección se realice a cuenta gotas, pero sin retorno.
Con cada página, la relación entre los personajes se consolida, se complica, se hace fraterna. Nunca aparece un adulto, pero los niños llevan una rutina normal: van a clases, juegan al béisbol, tienen responsabilidad y aficiones. Un mundo nada ideal que transpira amor y amistad. Es el legado de Schulz: la posibilidad de que todo eso exista.
Snoopy y Carlitos. Tiras diarias y dominicales 1961 a 1962. 2007. Planeta DeAgostini Cómics . 325 p.
envíado por libros | 27 Diciembre 2007 | 2 comentarios
Este libro tiene una historia que bien vale la pena contar antes de reseñarlo: Dos personas, Bernhard Echte y Werner Morlang, se dedicaron durante 17 años a desentrañar una cantidad ingente de papeles garabateados en un tamaño de letra digna de microscopio (en promedio, un milímetro de altura para letra), por Robert Walser, uno de los autores alemanes más importantes del siglo pasado. Al principio, se creyó que los papeles no decían nada, o que era un ejercicio sin retórica, pero estos dos editores persistieron.
Según la facilidad de la tarea y de la época en que fueron escritos (con el pasar de los años, la escritura se hacía más pequeña y la calidad de los papeles más indulgente), se publicaron dos libros previos a este que me ocupa hoy, y para el que los editores-decodificadores rebuscaron en las líneas de papeles “apenas del tamaño de una tarjeta de visita”, que envolvían periódicos o márgenes blancos de papeles diversos. “Las labores de desciframiento son muy superiores a las de los dos volúmenes anteriores”, asegura Echte en el prólogo.
En estos textos breves, el lector no debe esperar encontrar narrativa, ni poesía. No hay un ensayo coherente. Quizás esa sea la razón por la que Walser los escribió en esa letra tan pequeña, críptica, en esos papeles que no valían nada, que reutilizaba y, así, salvaba de la papelera. Su duda: ¿valen la pena estos textos? Y quizás, más que la duda pues su categoría literaria era indudable, lo que se imponía era un cierto escrúpulo a no descubrirse en sus opiniones en estado puro, a no mostrarse tan desnudo.

Y qué hay en estos textos, ¿valió la pena tanto esfuerzo de los descifradores? ¿Merece la edición, la lectura? Incluso si no se conocen trabajos previos de Walser, la respuesta es sí. Merece la lectura detenida de estos pensamientos. Maravillosos sobre lo trascendente y lo cotidiano, que van desde las vacaciones de otoño hasta una larga disertación sobre la diferencia entre los conceptos de “diario” y de “memorias”.
Robert Walser. Escrito a lápiz. Microgramas III (1925-1932). 2007. Ediciones Siruela . 359 p.
envíado por libros | 26 Diciembre 2007 | 1 comentario
Una vez escuché decir a António Lobo Antunes que él necesitaba escribir 3 o 4 horas antes de escribir una línea que valiera la pena. Que necesitaba cansarse, entrar en otro estado mental, para hacer la literatura que pretendía. Aparte de que esta afirmación me hizo desear leer o al menos ojear aquellas páginas desechadas, me hizo entender la retórica de Lobo Antunes: una mente extraordinaria. No quiero decir “extraordinaria” por “maravillosa”, que lo es, sino por lo contrario a lo común, a lo normal. Y
En sus libros, ese estado mental reflejado en la prosa, convierte su narrativa en algo enrevesado y coherente de manera formidable. Pero si ya lo lograba para contar una historia que bien podría calificarse de cotidiana e incluso de costumbrista, ahora encuentra, a mi juicio, la verdadera trama donde volcarse y sumergir al lector: la locura, el manicomio, el delirio inocente.
En “Conocimiento del infierno”, Lobo Antunes indaga en la anormalidad mental como no lo había podido hacer nadie desde que Faulkner escribió “El sonido y la furia”. Es la visión de quien convive con locos: “Fue en ese momento (pensó) cuando decidió ser psiquiatra para vivir entre hombres tortuosos como los que nos visitan en sueños y comprender sus frases lunares y los conmovidos o rencorosos acuarios de sus cerebros, por los que circulan, moribundos, los peces del pavor”.
¡Guao! Esto es prosa y poesía. Trama, tema y poética. ¡Quién podría describir mejor la locura! Nadie. Y con Lobo Antunes, y ese estado mental al que llega, al que se expone, al que se desgasta, para poder escribir, cada párrafo contiene frases memorables. Una sola de sus líneas equivale a toda la obra de la mitad de los escritores que hoy publican.
António Lobo Antunes. Conocimiento del infierno. 2007. Mondadori . 253 p.
envíado por libros | 26 Diciembre 2007 | 1 comentario
El autor de Trainspotting y de Éxtasis resurge con esta novela, quizás la más ambiciosa de su carrera por la cantidad de puntos de vista y de páginas.
Irvine Welsh mantiene como gran tema la exploración en las conciencias de la juventud marginada de la gran sociedad. Esta vez no se trata de la vida entre las nebulosas de la drogadicción, aunque el personaje principal, Danny Skinner sea alcohólico y consumidor habitual de cocaína. Pero sí de la amistad. No de lo sobrevalorada que pueda estar, como en Trainspotting. Sino de lo cómo dos personas absolutamente antagónicas, como sólo puede hacerlo la ficción, cruzan sus vidas y, por acción de uno sobre otro, giran hacia derroteros imprevisibles.
“Secretos de alcoba de los grandes chefs” trata sobre la vida de Danny Skinner, un inspector de sanidad, encargado de levantar informes acerca de la salubridad de las cocinas. Incluso aquellas con dos estrellas Michelín, como la del misterioso y famoso chef De Fretais, showman de un programa de televisión y experto sobornador de fiscales, como los jefes de Skinner.
Esta novela de Welsh comparte nombre con un libro publicado por De Fretais, donde revela cómo cocinarle a una mujer para acostarse con ella. Desde el comienzo la aversión de Skinner por el chef es patente. Pero la importancia que tiene De Fretais en la novela se diluye, como varios otros elementos que tienen importancia en la primera mitad de la obra y, en la segunda, como si hubiera pasado mucho tiempo entre la escritura de una mitad y la otra, el autor olvida los hilos tejidos en la primera fase.
La aversión de este hooligan, Skinner, que pasa el rato bebiendo con sus amigos y peleando en la calle sin motivo alguno, también se proyecta sobre el imberbe Brian Kibby, que atraviesa un duro momento personal: muere su padre, y comienza a trabajar en la misma oficina. Su pasatiempo es el senderismo y observar cómo un monumental tren de juguete da vueltas sobre el ático de casa de su madre. Son estas las historias que se cruzarán cuando Skinner decida buscar a su padre.
Porque Skinner es el hijo de una punk que nunca ha querido hablar de aquel que la dejó embarazada. Skinner sólo logra descubrir, por boca de otro alcohólico, que su padre era cocinero. Pero si la búsqueda del progenitor es ya difícil, el autor lo complica aún más con el preludio: la chica punk que sale del concierto de The Clash con un desconocido, y que hasta entonces sólo se acostaba con su novio y único amante, “aquella noche, él se convertiría en su segundo amante, pese a que al final de la misma éstos acabarían siendo tres”.
Sí, es la obra más ambiciosa de Welsh, no sólo por la cantidad de páginas (el aliento de Welsh calza perfecto en novelas muy breves, como las que componen “Extasis”) sino también por el intento de abandonar la sencilla narración del devenir de un pesonaje que da mucho juego, como en todas sus obras anteriores, e intentar una trama de suspense: quién es el padre de Skinner. Sin embargo, no alcanza la plenitud. El desenlace parece una película de Almodóvar (siendo generosos), y es bastante traída de los pelos. Nada creíble, aunque, gracias al estilo de Welsh, se pasa un buen rato leyendo esta novela.
Irvine Welsh. Secretos de alcoba de los grandes chefs. 2007. Anagrama . 515 p.
envíado por libros | 26 Diciembre 2007 | sin comentarios
Esta vez aconsejo una lectura cruzada y combinada. Dos libros al mismo tiempo, para encontrarse a un mundo de belleza natural y humana, que tiene paralelismos y trazos perpendiculares que las unen. Estos dos libros, en apariencia disímiles, son La teoría del todo: el origen y el destino del universo, escrito por Stephen W. Hawking, y El enigma de la luz, un viaje al arte, de Cees Nooteboom.
La lectura cruzada se puede hacer de varias maneras. Avanzar poco a poco en cada uno, alternando la lectura: por la mañana, Nooteboom; por la noche, Hawking. O leyendo primero uno, y después el otro; siempre que sea uno tras otro en el corto plazo. Será como colocarse unas gafas para ver una pantalla de cine en 3D. Si no tienes los anteojos, verás dos dimensiones.
Hawking reúne siete conferencias sobre el universo: Ideas sobre el universo, El universo en expansión, Agujeros negros, Los agujeros negros no son tan negros, El origen y el destino del universo, La dirección del tiempo y La teoría del todo. De manera amena, sin academicismos, interna al lector en las complejidades de la creación, del comportamiento de todo aquello que nos rodea y que conserva su misterio y que afecta al hombre y su cultura. Dice Hawking: “El descubrimiento de que el universo se estaba expandiendo fue una de las grandes revoluciones intelectuales del siglo XX”.
Así como la luz y la manera en que se mueve, desde su generación (ese bigbang) hasta la infinitud revolucionó la mente científica, su descubrimiento y manejo dentro de las obras de arte, hizo lo propio con la creación artística. Es decir, algo parecido a lo que asegura Hawking, lo
dice Nooteboom cuando analiza “los enigmas de la luz” en las pinturas de Hooper y Vermeer, de Giovanni Battista Tiépolo, de Leonardo, de Rembrandt y Gelder.
En ambos casos, seguir la luz transporta al hombre hacia el conocimiento, en un viaje sin retorno. Lo expresa Nootemboom: “¿Y quién es esa mujer que ya no es nadie? No sé si quiero saberlo. Antes de volver a París, a la calle y a mi siglo, quiero imaginar que éste es un sueño en el que hay que permanecer en silencio y armarse de paciencia hasta llegar a oler las flores de ese bosque de esperanzas ver a esa mujer, degustar las frutas y finalmente, en el silencio propio del mundo de los sueños, escuchar cómo se acerca el inconcebible sonido de los cascos del unicornio”.
Cees Nooteboom. El enigma de la luz, un viaje al arte. 2007. Ediciones Siruela . 143 p.
Stephen W. Hawking. La teoría del todo: el origen y el destino del universo. 2007. Debate . 151 p.
envíado por libros | 21 Diciembre 2007 | sin comentarios
El personaje de esta vieja novela de Philip Roth, “El mal de Portnoy”, escrita en 1969 y en la que ya se avizoran rasgos de su gran narrativa, se sienta en el diván del psicoanalista para confesar sus deseos sexuales por su madre, a la que une una relación de amor odio. Alexander Portnoy la observa como víctima y verdugo de dos personas: su padre y él mismo. Y, aún en el tiempo de la narración, cuando ya la mujer tiene edad avanzada, le perturban sus medias y el coqueteo insano que él cree que le dirige.
Así que esta madre castradora le ocasiona muchos problemas psicológicos que afectan al plano físico: no logra satisfacerse sexualmente. Se atormenta con los recuerdos: “Ni que decir tiene que en casa veía menos el aparato genital de mi padre que las zonas erógenas de mi madre. Y en una ocasión llegué a ver su sangre menstrual”.

A esta obsesión se suma, como línea dramática no menos importante, la rebelión que el adolescente Portnoy hace dentro de casa: no quiere ser un judío, no quiere practicar la tradición familiar, ni respetar las fiestas ni acudir a la sinagoga. Su padre le escarmienta, se conduele, su madre también, pero con más languidez. Su hermana le pide que recapacite. Él reniega de las religiones, una declaración de principios muy acorde con la emancipación intelectual que vivían los jóvenes norteamericanos de aquella época.
Las palabras judías que emplea la madre, y que en el libro se reproducen con impecable entendimiento (aunque al final se anexe un glosario), no significan nada para el joven Portnoy, que continuará confesando lo inconfesable a un psicoanalista invisible, su oyente, en esa Nueva York gigante y deshumanizada que envuelve al relato.
Philip Roth. El mal de Portnoy. 2007. Seix Barral . 306 p.
envíado por libros | 21 Diciembre 2007 | 2 comentarios
Nada tienen en común los protagonistas de dos libros de No-ficción que aparecen en las librerías. Jhonny Rotten, cantante de los Sex Pistols, parece haber militado en otra guerra distinta a la que peleó, y perdió, Abimael Guzmán, creador y líder de Sendero Luminoso, el grupo terrorista maoísta peruano. ¿Nada? Hay toda una filosofía nihilista, que en el mundo Pop se dio en llamar Punk, que les une. La destrucción, la búsqueda del caos para recomenzar.

Quizás no se darían la mano si se encontraran. Quizás sea difícil ver los puntos que les entrelazan. Porque a Rotten se le considera un rebelde, incluso un héroe de la música, aún cuando surgió como contestatario al rock sinfónico y barroco, muy musical y no carente de fuerza juvenil. Rotten lideró una banda en la que el bajista, por ejemplo, nada más sabía tocar unas pocas notas. En una crudeza bastante moderada se le presenta en “Rotten, no irish, no blacks, no dogs”, de John Lydon.
En el retrato que elabora Santiago Roncagliolo, autor de “La cuarta espada”, Guzmán no parece acomodarse al perfil de héroe, ni de pensador político. Es, más bien, un sanguinario derrotado, un psicópata, un traidor a los idealistas como Osmán Morote que no creían nada de las masacres que perpetraba Sendero Luminoso en la sierra peruana. En el libro de Roncagliolo, Guzmán es, más que un protagonista, un sujeto de estudio. El protagonista es el propio autor, que describe una metanarración, donde él busca las pistas para acercarse a la psicología de Guzmán (incluso, en un alarde un tanto ingenuo, habla de su “hermana”, es decir la hemana de Roncagliolo, que trabajó en las cárceles). Quizás por eso no alcanza el objetivo: no hay demasiado sobre Guzmán que no sepa algún lector de periódicos peruanos de los últimos años. Aunque a un lector ajeno al diarismo de Perú, como el español, le resulte interesante el libro, porque, ciertamente, está bien escrito.

Con trazos gruesos, ambas realidades, la de Guzmán y la de Rotten, no se juntarían jamás. Pertenecen a paredes, a escenas distintas. Pero existen el trazo más delicado, que sí, que hace ver que, ambos personajes pertenecen al mismo arquetipo, que unido a la circunstancia precisa, desencadena la violencia que llega a revertirse. Le pasó a Rotten, víctima de una puñalada y del abuso de las drogas. Le pasó a Guzmán, ahora preso y denigrado.
Santiago Roncagliolo. La cuarta espada, la historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso. 2007. Debate . 286 p.
John Lydon. Rotten, no irish, no blacks, no dogs, la autobiografía autorizada de Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols. 2007. Recorridos, Acuarela y Antonio Machado Libros. 390 p.
envíado por libros | 19 Diciembre 2007 | sin comentarios
Ernesto Pérez Zúñiga aventura en su nuevo poemario, titulado Cuadernos del hábito oscuro, una poesía atrevida e inquietante que plasma, de forma depurada, las emociones y las imágenes de una época. Las tres partes en que se divide el libro son escalones que nos conducen desde la totalidad de la materia hacia su vacío. Hojas del libro de los monstruos concentra la violencia y la desesperación de la ciudad moderna, la perversión de una maquinaria que mueve con cinismo los resortes del mundo. Hojas del libro encontrado en el bosque desciende al conflicto entre la civilización y la naturaleza, entre la conciencia y su interior desconocido. Hojas del libro de la casa vacía nos enfrenta, por último, a un espejo que ya no nos refleja. Primero en verso y después en prosa, estos Cuadernos, tanto por su contenido como por su forma, no podían haber sido escritos en otros días que no fueran los nuestros.
"Un libro complejo y bien trabado que se inscribe en el espacio abierto por Los cantos de Maldoror o por el genio alegórico de Baudelaire, que es el espacio de lo visionario" (Andrés Soria Olmedo).
"Un poeta que apuesta por voz propia para bucear en su propio mundo" (Juan Cobos Wilkins, Babelia).
Por cortesía de los editories de Candaya, reproducimos tres poemas de Cuadernos del hábito oscuro:
Malos tratos
He libertado un monstruo hacia mi amada
hambriento y listo y ciego entre el gentío
Cuando acabe con ella volveré a encadenarme
No es no es mi libertad mezquina
De ahora en adelante me prefiero a mí mismo
siempre ya siempre siempre
Y acaricio mis ratas en mis hombros
y les doy de comer de mis rencores
Y es así que me engordan las canallas
y me clavan sus patas en la carne
y me echan raíces capilares
por la cáscara de los omoplatos
y nos vamos el monstruo
por calles por penumbras por los cines
Cuando acabe con ella volveré a encadenarme
(cuando por fin te encuentre)
No es no es mi libertad mezquina
Ernesto Pérez Zúñiga nació en Madrid en 1971, ciudad en la que vive. Creció y se formó en Granada, donde publicó sus primeros libros de poesía: El vigilante (1991), Los cuartos menguantes (1997) y Ella cena de día (2000). Su poemario Calles para un pez luna (Visor, 2002) recibió el Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid).
Como narrador es autor del conjunto de relatos Las botas de siete leguas y otras maneras de morir (Suma de Letras, 2002) y de las novelas Santo Diablo (Kailas, 2004. Puzzle, 2005) y El segundo círculo (Algaida, 2007) excelentemente acogidas por la crítica.
Otro poema, para finalizar este post:
En parque de blancos, trata de negras
Nalgas negras
tensas de apre-
tar el polvo
rasgan en los
troncos de los
encinares
Viejos de la mano
corren el desierto
y otro el solitario
torso el sin camisa
mira llora marcha
busca en su bolsillo
órganos inútiles
Senos negros cocteleras
negras niños y patadas
fútbol y cabezas tierra y
cabras tensas polvaredas
polvos esas nalgas negras
Jóvenes delgados ríen ciga-
rrillos grandes los mostachos junio
tiene trigo y aire que se arquea
goza el asco goza el parque esclavas
Migas corren negras tantos granos trigo
negro corren granos con hormigas bajo
pasos solitarios corren doce euros
euros solitarios corren doce nalgas
rasgan negras contra las encinas muévete
contra las encinas contra las encinas muévete
muévete
envíado por libros | 18 Diciembre 2007 | sin comentarios
Como el Snoopy de Schultz, como la Mafalda de Quino, hay libros que leen los niños que contienen una trama paralela, visible por los adultos, pero que no entorpece esa lectura infantil. Son grandes obras, que los lectores emprenden en cualquier etapa de su vida. Y no una, sino varias veces.
Un buen ejemplo es el clásico libro de Charles Kingsley, tan exhuberante como “Alicia en el país de las maravillas”, y quizás sea el libro que inspiró a Lewis Carroll. Hablo de “Los niños del agua”, ahora bellamente editado por Rey Lear , con ilustraciones de Linley Sambourne.

Esta novela saltó a la fama cuando Disney la adaptó en 1935, aunque la versión cinematográfica no haya mantenido la popularidad como otros trabajos de la factoría, quizás por lo real, y cada vez más actual, que resulta su historia: Tom es explotado por su amo y obligado a trabajar como deshollinador. Cae por una chimenea, su accidente provoca no compasión, sino inquietud. Tom huye y cae a un estanque, donde, en vez de morir, se convierte en el “niño del agua”. Es decir, traspasa el umbral de la opresión hacia un mundo fantástico.
El otro libro es más moderno y, al revés que el anterior, nació para el cine y se adaptó al libro. “Pesadilla antes de navidad”, de Tim Burton, editado como un manga por Planeta DeAgostini Cómics , cuenta esa historia de amor que sucede en el mundo de los espectros encargados de asustar a los niños.

Pero muchos de esos monstruos, como el ocurrente Jack, son tan humanos como los propios niños y se enfrentan a las malvadas intenciones de otros de sus compañeros de oficio, sin renunciar a su naturaleza: Jack puede estar luchando contra fuerzas ocultas para rescatar a su amada, pero incursiona en las casas de los niños que esperan a Santa Claus, para entregarles cabezas cortadas. Pero al final, una flor y una declaración de amor para Sally.
envíado por libros | 17 Diciembre 2007 | 1 comentario
Voy a recomendar dos novelas. Una clásica y otra contemporánea. Ambas magníficas. La primera, “Lord Jim”, de Joseph Conrad, un autor prolífico que indagó en las técnicas de suspense para narrar aventuras, sobre todo náuticas, siguiendo y mejorando, la estela de Herman Melville.
En Lord Jim, Conrad retoma la voz narradora de Marlowe, el mismo personaje que narra su obra más conocida, El corazón de las tinieblas. “En varias ocasiones, en distintas partes del mundo, marlow manifestó el deseo de recordar a Jim, de hablar de él largo y tendido, entrando en detalles y en voz alta y clara”.

Jim, de complexión fuerte, se ve en medio del mar, frente a un barco que hace aguas. Una tormenta y la braveza del mar le paralizan, no actúa para salvar a los tripulantes. Se siente despreciable y, a partir de allí, tendrá que demostrarse su valor aceptando un reto peligrosísimo: trasladar un barco de explosivos, que, por las circunstancias del viaje, mantendrá al lector atado al libro, como el capitán a su barco.
El otro libro cambia el registro totalmente, pero no deja de ser tan apasionante como el anterior. No estamos en el océano, estamos en la cárcel.
Nos encontramos frente a otra larga aventura contra la naturaleza, ya no del mar, sino de los hombres. Ya no de las fuerzas naturales del viento, sino del encierro. Es la novela autobiográfica de Chester Himes, “Por el pasado llorarás”, que comienza cuando Jimmy Monroe ingresa en la prisión, condenado por un crimen que ha cometido.
Un ambiente tan enloquecedor como transportar un buque cargado de dinamita, pero donde hay que mantener la cordura: “En este vacío absoluto, el pasado carecía de sentido. No existía un mundo exterior. No existía el pensamiento. No existía el recuerdo”.
Joseph Conrad. Lord Jim. 2007. Mondadori . 445 p.
Chester Himes. Por el pasado llorarás. 2007. Punto de Lectura . 531 p.
envíado por libros | 14 Diciembre 2007 | 1 comentario
El libro “Volver a las estrellas”, dibujado por Milo Manara, y realizado junto a Giuseppe Bergman & HP, es una obra maestra de la metanarrativa, donde el erotismo no está tanto en la trama de la chica típica del artista Manara, esa delgada, espigada, fina mujer de grandes pechos y rotundas nalgas, siempre con melena suelta y mirada angelical, sino en el arte universal, que esta chica observa.

Me explicaré: es una obra metanarrativa porque quien focaliza la acción es Bergaman, el guionista, que está esperando a unos amigos, al lado de un pozo, y escucha el llamado de una chica, de nuestra protagonista de la que no sabremos su nombre. Ella le dice que lo acompañe. Él la sigue, atraído por su físico pero también por el reclamo moribundo que sale de unas ruinas romanas. Quien emite los ronquidos de la muerte es un enfermo de sida que le encarga cuidar de la mujer. La advierte: no la pongas a hacer la calle, que no sirve de puta porque no cobra, que es inteligente, que lee libros y que no le dirá si ella también padece el sida.
En realidad, ella lee un solo libro: una especie de enciclopedia ilustrada de historia del arte. Y es el libro que la guía, como si su destino fuera imitar los cuadros: se intenta suicidar al ver un cuadro prerrafaelita; imagina una situación lésbica contemplando el cuadro de la Duquesa de Villars.
Bergaman decide llevarla a Roma, para ingresarla en un hospicio o algo semejante. Ella se mete en líos con un par de motoristas cuando “vive” el “Desayuno en la hierba” de Manet; o escenifica ante los jubilados de la plaza diversas escenas de “Susana y los viejos” pintadas por Von Stuck, Santerre, Veronese. El desenlace comienza con una obra de Booklin; y acrecienta lo metanarrativo al dirigirse directamente al lector. Una maravilla de libro. ¡Magnífico, Manara!
Milo Manara, HP & Giuseppe Bergman. Volver a las estrellas. 2007. Planeta DeAgostini Cómics . 60 p.