El prototipo de judío neoyorquino en el diván de Philip Roth
envíado por libros | 21 Diciembre 2007 | sin comentarios
El personaje de esta vieja novela de Philip Roth, “El mal de Portnoy”, escrita en 1969 y en la que ya se avizoran rasgos de su gran narrativa, se sienta en el diván del psicoanalista para confesar sus deseos sexuales por su madre, a la que une una relación de amor odio. Alexander Portnoy la observa como víctima y verdugo de dos personas: su padre y él mismo. Y, aún en el tiempo de la narración, cuando ya la mujer tiene edad avanzada, le perturban sus medias y el coqueteo insano que él cree que le dirige.
Así que esta madre castradora le ocasiona muchos problemas psicológicos que afectan al plano físico: no logra satisfacerse sexualmente. Se atormenta con los recuerdos: “Ni que decir tiene que en casa veía menos el aparato genital de mi padre que las zonas erógenas de mi madre. Y en una ocasión llegué a ver su sangre menstrual”.

A esta obsesión se suma, como línea dramática no menos importante, la rebelión que el adolescente Portnoy hace dentro de casa: no quiere ser un judío, no quiere practicar la tradición familiar, ni respetar las fiestas ni acudir a la sinagoga. Su padre le escarmienta, se conduele, su madre también, pero con más languidez. Su hermana le pide que recapacite. Él reniega de las religiones, una declaración de principios muy acorde con la emancipación intelectual que vivían los jóvenes norteamericanos de aquella época.
Las palabras judías que emplea la madre, y que en el libro se reproducen con impecable entendimiento (aunque al final se anexe un glosario), no significan nada para el joven Portnoy, que continuará confesando lo inconfesable a un psicoanalista invisible, su oyente, en esa Nueva York gigante y deshumanizada que envuelve al relato.
Philip Roth. El mal de Portnoy. 2007. Seix Barral . 306 p.