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Buenas noches, señor Méndez

envíado por libros | 28 Diciembre 2007 | sin comentarios

Crónica de la presentación del libro de cuentos “Hasta luego, mister Salinger”, de Juan Carlos Méndez Guédez.

Joel Aguilar

Investigación: Berta Del Águila, Ana Delgado, Pedro Márquez de Sousa, Félix Navas, Maite Oteo y Rosana Zinni

Juan Carlos Méndez Guédez no miraba al público. En la mesa, inquieto, con la espalda recta, acariciaba su barbilla, reacomodaba el abrigo sobre su regazo y con sus dedos grandes tocaba repetidamente los bordes de una pirámide formada por tres libros: Sobre Arte y Literatura de Joseph Joubert, Las Obras Infames de Pancho Marambio de Bryce Echenique y otro de Nadine Gardiner. Ninguno fue consultado por Méndez Guédez durante la presentación de “Hasta luego, mister Salinger”.

A los lados del autor estaban Jorge Eduardo Benavides, escritor también, y Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma. Méndez Guédez se mostraba nervioso. Juan Casamayor, delgado y con abundante barba, lector voraz desde niño, hijo y esposo de editores, de pequeños pies cruzados bajo la silla y manos temblorosas pero con voz firme, habló de su amistad con el autor. Méndez Guédez rápidamente subía y bajaba su pierna izquierda sin despegar la punta del pie. Dirigía sus ojos levemente rasgados y pequeños a las estanterías 77 y 78, rellenas con libros de filosofía.

A Benavides, de ojeras, pelo y chaqueta grises, elegantemente vestido como un Paul Auster limeño, le tocó ser el que entrevistara al autor, -a manera de charla de amigos-. Méndez Guédez acomodó con facilidad la base del micrófono a la altura de su cara. Se irguió y dirigió la vista al techo por un momento. Sacudió la cabeza y volviendo la mirada a Benavides, saludó amablemente.

La puerta con el número 48 de La librería Fuentetaja, que da a la calle San Bernardo, estaba abierta al público y desde la primera planta Marisa, la librera que atendía el mostrador, podía escuchar lo que se decía en la presentación del libro. “Soy responsable de caja, este es mi cometido. Lo que ocurra arriba no es cosa mía. Vamos, que no me afecta”, dijo. Muy delgada, con el pelo teñido de rubio y caoba, se movía sin descanso en los dos metros de ancho por tres de largo que mide su espacio de trabajo. “Llevo 32 años trabajando para Fuentetaja”, comentó mientras sonaba el detector láser de precios. Detrás, una silla soportaba su abrigo perfectamente doblado. Al lado, su bolso, la papelera, la estufa y el rollo de papel de regalo colocados en torno a ella con equilibrio estético.

“El cuento tiene el placer de lo prohibido, es como quedar a tomar una copa con los amigos en vez de trabajar en un informe de algo”, dijo Méndez Guédez, mientras miraba por primera vez hacia el público. “Me siento más cómodo con el cuento que con la novela. Porque si has pillado bien la historia, te da la satisfacción inmediata”, sentenció al tiempo que regresaba la mirada a Benavides. Mientras hablaba, con la mano izquierda hacía una forma como de araña, que hacía caminar sobre la mesa. “El cuento es un fin en sí mismo”.

Sentada en la tercera fila entre el público, Aura Guédez con una blusa rosa de flores estampadas, movía constantemente las manos pero se veía tranquila. “Yo quería que fuese músico. Le apunté en el conservatorio, pero prefirió las letras. Ya con cinco años, escribía cuentos y leía mucho. Y, bueno, decidí apoyarle. Sabía que el trabajo de escritor no es nada fácil, está poco reconocido, pero eso le hacía feliz y yo debía estar ahí”, dijo.

La presentación transcurría. Méndez Guédez habló de su oficio de escritor y su proceso creativo: “Un cuento guardado para siempre no duele. Pero una novela guardada es una fuerte herida”. Con la mano izquierda medio extendida, trazaba grandes círculos al aire mientras explicaba: “Escribo de manera compulsiva”. Benavides citó una frase del libro: “Para entender la vida de dos personas, tienes que observar a tres”, el autor asintió sonriente.

Cuando Benavides mencionó Venezuela, la tierra natal de Méndez Guédez, y los 17 años que lleva viviendo en España, el autor explicó que “esa distancia y melancolía son productivas. Porque la literatura es una forma de mejorar la vida de los otros y la de uno mismo. Es el territorio intermedio del lenguaje”.

Benavides anunció una ronda de preguntas. Silencio. Un hombre rubio, casi calvo, de unos 40 años, que se identificó como amigo del escritor, tomó la palabra, “creo que este es el mejor libro de Juan Carlos, supone un salto cualitativo en su obra y en lo que se refiere a este tipo de obras, creo que es lo mejor que he tenido en mis manos en los últimos años”. Benavides cerró la sesión: “Este libro es una fiesta para los amantes de los cuentos”.

“Buenas noches”, se despidió Méndez Guédez, mientras se ponía el abrigo y levantaba de la silla con un solo movimiento. Una vez de pie, separó las piernas, metió las manos en los bolsillos de la gabardina donde guardaba su pluma y firmó el primer ejemplar.


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