Llevo un rato apuntando los sitios de los que he hablado durante este año en Viajes por mi tierra, para ver y resumir si he estado dando vueltas siempre a lo mismo o he sabido distribuir más o menos equitativamente (algo que en realidad iría contra un diario) los comentarios.

Gana Madrid por goleada, la ciudad en la que he vivido toda mi vida y por la que paseo constantemente. La otra destacada es Francia, país que desde hace unos años visito un par de veces al año. A partir de ahí está más o menos nivelado entre Italia, Estados Unidos, Alemania, Reino Unido, Valladolid, Portugal, Pontevedra, Barcelona y Valencia. Ha estado divertido.
Vale.
En el pueblo pontevedrés de La Guardia, en la carretera que va por la costa a la playa de El Molino, nada más pasar una antigua fábrica, alguien ha hecho una obra de land art o instalación realmente curiosa. Han ido recogiendo cientos de botellas de lejía, de plástico de todos los colores, y las han ido encajando en las ramas de los arbustos al lado de la carretera, además de perforarlas poniéndoles una especie de alerones para que giren con el viento.

Es una guarrada, y por eso quizá resulta tan sorprendente, moderno y divertido.
Al borde de la carretera, a cinco metros de la obra -que se extiende por unos cien metros cuadrados- hay un banco, donde algunos paisanos -quizá los autores- se paran en sus paseos verpertinos para ver las botellas girar.
Hay un tipo de calles señoriales que tienen solamente casas en un lado de la vía, lo que quizá, al ganar espacio para ver su único lado edificado, las hace más bellas y disfrutables. Esto sucede con Alfonso XII en Madrid, las calles que rodean el Luxemburgo parisino o el Hyde Park londinense y, sobre todo, Central Park South y la Quinta Avenida a su paso por el Parque Central de Nueva York. Además, claro, de todos los paseos marítimos del mundo.

En la capital de Suecia está Strandvägen, cuyo frente se puede ver desde varias islas de la ciudad y que la hacen irresistible. Empieza con un precioso teatro jugendstil, para luego componerse casi exclusivamente de viviendas (ahí vivió y creo que nació Ingrid Bergman) hasta llegar al puente que lleva a la isla de los museos.
Después de la Gran Vía de Madrid, esta calle de Estocolmo es la calle por la que me gustaría pasear toda mi vida.
Uno de los pueblos más bonitos de los que vi el año pasado es el pueblo alemán de Rothenburg, rodeado de una muralla, con una plaza mayor típicamente alemana que puede verse desde las alturas ya que se puede subir a la torre de uno de los edificios que la circundan. De la plaza sobresale uno de esos edificios clásicos de la zona en las que el desván tiene más alturas que la propia casa, con un carillón (que no vi) que hacía estar a la gran cantidad de turistas que había en el pueblo mirando la fachada desde diez minutos antes de la hora señalada.

Es muy recomendable, además de recorrer todas las calles de la ciudad, dar un paseo por los alrededores de la muralla, sobre todo en un día soleado en el invierno, con restos de nieve en las zonas de sombra, como en el que fui yo. Además, el pueblo destaca por tener una de las mayores jugueterías del mundo, de muñequitos de madera.
En una rotonda de un barrio nuevo de Valdemoro hay un astronauta gigante del escultor gallego Francisco Leiro.

Fui un día con mi hermano Miguel a verlo y la verdad es que nos encantó, está andando en la rotonda, con su traje de papel de plata y sus cuatro metros de altura, rodeado de edificios de viviendas modernos e impersonales que le quedan muy bien de fondo, como si estuviera intentando huir de ellos y coger impulso para salir volando sin gravedad.
Ideal para pararse un rato cuando uno está ya cerca de acabar su viaje en Madrid, o para irse a tomar un café un domingo.
Me gusta la M-30, y me da asco que ahora el alcalde metomentodo quiera cambiarle el nombre por Calle-30, cuando el nombre de M-30 ha dado nombre a todas las circunvalaciones de las ciudades españolas. Es lo que pasa por tener un alcalde snob.

La parte que más conozco, y que no han tapado con los fantásticos y perfectos túneles, es la de la zona entre la carretera de Barcelona y la de Valencia, donde están el rascacielos negro al lado de las colmenas del Barrio de la Concepción, la Plaza de Toros, la Fuente del Berro, el extrano edificio de Oiza o el Pirulí, que espero que no tiren ahora que van a quitar Tve también de ahí.
Si te pones a la puesta de sol en el Puente Calero y cierras los ojos, uno siente como si fuera el mar lo que escucha en vez de 234513524 coches. Ya era hora de que alguien lo dijera, la M-30 suena como el mar, tiene corriente como el mar, huele mal como el mar, y es tan peligrosa como el mar.
Dentro de los pueblos del norte de Portugal uno de mis favoritos es Ponte de Lima. Antes, aislado por la infernal red de comunicaciones portuguesa, se tardaba un montón, pero ahora con la autopista que va desde Tuy hasta Oporto, se llega desde España en menos de media hora.

Situado a las orillas del río Lima, con un fabuloso puente romano, tiene todo el encanto de plazas tranquilas y azulejos de Portugal, donde tomar una cerveza o un té se convierte en un placer inolvidable. Además, si uno va por la calle principal a la izquierda viniendo desde el puente, cuando se llega a un palacete, das la vuelta a la casa por la derecha y te metes por una calle peatonal que parece el patio trasero de las casas. Esa calle serpentea entre muros de piedra ya verde hasta llegar a una iglesia en la parte alta del pueblo, y es una de las calles más sorprendentes y bellas que he visto en mi vida.
Se tiene tanto respeto al arte moderno en Madrid que su único museo de escultura moderna está debajo de un puente. Qué mejor sitio para ponerlo.

25 años lleva el Museo de Arte Público bajo el puente de Juan Bravo, en una de las zonas más bonitas de la capital, ayudando a los skaters a pasárselo bien y a los visitantes a disfrutar de la escultura moderna. Obras fantásticas de Julio González, de Gerardo Rueda, de Joan Miró son ya tratadas como uno más del barrio, y cuando pasamos por delante casi ni las hacemos caso. Pero de vez en cuando uno se para y, ya solamente con las barandillas o los asientos del museo, se lo pasa uno en grande.
Imagen de la obra Proyecto para un monumento IV B (1978) de Pablo Palazuelo tomada de la página del museo.
He estado hace unos días por los Pirineos franceses, y lo más impresionante de todo lo que he visto ha sido la Gruta de Niaux. Nunca había visto nada de arte rupestre y no creo que lo pueda olvidar.

Para entrar a la cueva o se reserva o se apuesta a si queda una entrada para la visita, ya que las visitas están restringidas a unas cien personas al día. Situada en la villa del mismo nombre que la gruta, en la región del Ariège, la entrada de la cueva está en medio de un risco, al final de un pequeño museo explicativo. Te dan una linterna, caminas con un guía por la gruta durante cuarenta minutos y de repente en una sala al final del todo aparecen unos cuantos bisontes y ciervos y demás animales dibujados en una pared, realizados misteriosamente por unos tipos en taparrabos hace más de diez mil años. Es tan impresionante, que cuando sales lo que quieres es volver a reservar.
Ahora no se me ocurre ningún sitio al que haya ido sobre el que merezca la pena hablar y, mientras escucho La duermevela, de El Joven Brian, voy a hacer un repaso a la estantería que tengo en frente del ordenador donde siempre escribo estos comentarios.
La estantería, de mimbre, almacena bastantes de los libros de bolsillo de mi biblioteca. Tengo alguno destacado con la portada a la vista, y montón de chorradas que voy poniendo y quitando. En la balda de más arriba conviven el gran libro ilustrado Footballers' Haircuts, con fotos de peinados de futbolistas de los años setenta, con unas botellas de regalo de vino de oporto y El otro sueño, de Luis Alberto de Cuenca. En la balda del medio están con la portada a la vista Poésie sur Alger, de Le Corbusier, libro que compré en la fundación que lleva su nombre en París, y una preciosa edición de El corazón y otros frutos amargos, de Aldecoa; como decoración, un par de sacapuntas con forma de bola-mundi y un Golden Gate que me trajo mi hermano Carlos de San Francisco. La balda más cercaca a mi cabeza tiene la basurera autobiografía del mítico Liberace, que compré en Sidney el año pasado, un motorista de hojalata y dos orejas de goma.
El retablo del altar mayor de la catedral de Astorga es una de las obras maestras de la escultura española. La gigantesca obra de Gaspar Becerra (1558) es un retablo de cinco calles con escenas de la vida de la Virgen, la Asunción en el centro y la Vida y la Pasión de Cristo.
Las escenas están llenas de fuerza miguelangesca pero en ningún momento son exageradas, ya que Becerra opta por la sobriedad y fineza en la composición característica del renacimiento español. El retablo fue restaurado con ocasión de la celebración de la exposición Las Edades del Hombre y acercarnos a Astorga para visitarlo es una excelente excusa para meterse entre pecho y espalda un suculento cocido maragato.
Imagen de esta inmensa y perfecta obra tomada de la página de la Diócesis de Castilla y León.